Todos somos interinos (o de interinos estamos todos)

•mayo 16, 2017 • Dejar un comentario

En efecto. No se puede discutir: sólo estamos de paso. Y por eso nos repiten tanto, los bendecidos por otras coyunturas (más favorables), la consoladora cantinela de que se ha de “relativizar” la desdicha: la mera y muy aleatoria peripecia individual es imprevisible; las variables infinitas y, por lo general, arbitrarias. Mas con un inexorable e idéntico final, reservado para todos… Sí.

La Civilización es una aspiración heróica… y no pasa por sus mejores momentos, podría afirmarse: los contratos sociales -hechos de respeto mutuo, de leyes ACEPTABLES y, sobre todo, del tácito propósito de la mayoría de respetarlas- se desmoronan. Precisamente, es esta eterna aspiración -que, a estas alturas de la Historia, había alcanzado un grado notable de sofisticación, viabilidad y justicia– la que el Ser Humano se ha proporcionado para minimizar los efectos del azar y de lo arbitrario. Pero todos sabemos -o intuímos- que, incluso así, debemos contar con lo contingente: la Naturaleza, la Enfermedad y la Muerte lo son. Y, comparado con éstas, lo demás pierde toda entidad o sentido.

Parece inútil, sin embargo, situarse cerca de lo absoluto del Infinito o de la Nada para reflexionar sobre la vida cierta: la que TODOS pretendemos vivir y culminar; para conseguir, con ella y a lo largo de ella, algo que merezca la pena traspasar a otro u otros: nuestros descendientes. La Civilización aspira, por tanto, a que la totalidad de los que nacemos y vivimos -la mayoría, al menos- tengamos garantizado un grado razonable de Certeza.

La interinidad (y todas sus variantes: la provisionalidad, la precariedad, la humillación, la renuncia obligatoria, el agravio comparativo, la polarización humana, la resignación, etc.) es uno de esos factores lesivos de dicha sagrada y muy digna aspiración. Por eso, resignarse a aceptar que es legítima y razonable la renuncia a seguir aspirando (¿en determinadas circunstancias, tal vez?), supone, en realidad, iniciar un camino descendente hacia la idea opuesta de Civilización: el Caos, que no es otra cosa que la propia encarnación del Mal. Se podría decir, por tanto, que la renuncia a mejorar nos condena a ir a peor… Sólo parece una idea abstracta y algo simple; pero intuyo, si se me permite, que en ella radica una parte importante de los problemas que subyacen tras la decadencia y los horrores que, en el presente, apenas asoman por el horizonte.

¡Por supuesto que nuestras contingencias son insignificantes en la inmensidad del Espacio y del Tiempo!… Pero, ¿qué quiere decir esto?: en realidad, NADA. Condenar a miles o millones a la precariedad, a la incertidumbre, a la lucha contra lo contingente o -¡peor!- lo arbitrario, sólo nos obliga a descender un poco, cada vez más y más, hacia el Caos. ¡A todos!

Los políticos lo saben. ¿Una lista de interinos ilustres?… Cojan los primeros nombres de cualquier papeleta electoral de un gran partido. Los “falsos interinos” se blindan ante lo Contigente, lo Arbitrario o el Caos (ante el más inmediato que a ellos les pueda afectar, al menos). Por eso jaléan a masas degradadas con el señuelo de “ídolos” distintivos y milagrosos; por eso se otorgan privilegios, fueros y pensiones vitalicias; por no hablar de sobresueldos, de jugosas comisiones o de muy convenientes “puertas giratorias”.

Salvo no muchas excepciones, aunque dignas, se ha impuesto la “línea dura”: la que se ha propuesto poner en práctica una especie muy elitista de bacanal del carpe díem a toda costa (a la nuestra, por lo general).

No dejéis que ninguno de éstos os dé lecciones ni os solicite “paciencia”.

Tenemos el derecho Y EL DEBER de seguir aspirando: a mirar hacia arriba y a no ceder nuestra dignidad a cambio de “virgencitas” que apenas nos dejan como estuvimos (si bien, hace ya casi un siglo).

Tres años son más que suficientes – III

•mayo 14, 2017 • Dejar un comentario

En definitiva, parece que se propusieran ahora, desde el Gobierno, sustituir a una generación 0.0 por otra 4.0; o como deban llamarse las últimas (colmadas de “T.I.C.s”, pero limitadas en tantos aspectos “clásicos”, como en cultura general o en simple ortografía), perdido como ando entre los sucesivos -¡e inexplicables!- ordinales “puntocero” de las narices. Pero da lo mismo: los ha habido 2.0, 3.0… y se tendrá previsto que al 4.0 le siga el 5.0, a éste el 6.0, y así hasta el final de los infinitos números; o hasta el momento del petardazo último, que la Humanidad sabe, por experiencia, siempre llega, tarde o temprano.

¿Es posible que alguien crea que la permanente rotación de individuos en ciertos puestos obrará un milagro cósmico; que convendría sincronizar el ritmo de las vidas humanas con el de la irrupción constante de “nuevas capacidades” y tecnologías?… En tal caso, habría que “amortizar” -aún mejor: amortajar- las existencias medias; o acortarlas.

Mas sin llegar tan lejos, se diría que, desde el Poder (y dejando al “apocalipsis” de lado), se ha renunciado a la estabilidad en el y del sistema educativo; que se han resignado estos líderes, por así decirlo, a la perpetua alternancia -¿o a la mera aspiración de proponerla?- de Decretos y “paradigmas”. Es más: yo estoy casi convencido de que se han empeñado ya en promover y mantener dicha alternancia, inestable y enloquecida, como una definitiva estrategia de gobierno y de políticas educativas. ¿Sin represalias mutuas?… Lo veo difícil, pero ellos lo creen posible: a ambos contendientes les interesa creerlo.

Sea como sea, los peones de este juego somos los de siempre: la mayoría de nosotros. ¿Somos conscientes de ello? ¿Reaccionaremos ante esta lenta y paulatina retirada de un “suelo” seguro en el que pisar? ¿Nos conformaremos con el ultraje de la extinción de una esperanza?… Hasta ahora, nada parece indicar que entendamos bien lo que ocurre: un desmantelamiento lento, pero sistemático, de lo conseguido y conocido por nuestros padres. En estas alturas del siglo XXI, se pretende regresarnos al XIX; o casi. Nada ni nadie parece capaz o dispuesto a pararlo… ¿Realmente habrá de ser así?

En una posible “próxima entrega” podría proponer una revisión del concepto de interinidad, así como una somera lista de “ilustres interinos”.

 

Tres años son más que suficientes – II

•mayo 14, 2017 • Dejar un comentario

DOCUMENTO SENSIBLE, FILTRADO POR UN UJIER INTERINO, CORRUPTO Y ENTROMETIDO, DEL MINISTERIO. ¡EN EXCLUSIVA!

“Sr. Subsecretario de Asuntos Inminentes:

Quisiera compartir con Su Ilma. una inquietud que me reconcome desde hace ya bastante tiempo: se trata de los efectos que tiene, en la sociedad toda, la situación de los trabajadores interinos de la enseñanza pública. Por ser un/a servidor/a, precisamente, un/a profesional del ramo, poseedor/a de todas las acreditaciones oficiales y en poder de la experiencia y solvencia debidas, soy perfecto/a conocedor/a de la ya aludida problemática (N. del transcriptor del texto apócrifo: desde este momento, se utilizará sólo el género neutro en el presente texto, que en español coincide con el masculino. ¡Mis más contritas disculpas!).

En primer lugar, quisiera definir el concepto de interinidad; o, tal vez mejor, el de educador interino: se trataría de un ser humano y ciudadano, poseedor de los atributos, de las limitaciones (luego volveré sobre eso), de los anhelos de cualquier otro ser humano o conciudadano nuestro; en definitiva, de un trabajador de la enseñanza cuyas trazas y experiencia, a menudo, se parecen sumamente a las de un profesor con su oposición aprobada, su periodo de prácticas culminado, su plaza en propiedad y sus reiterativos concursos de traslado… En fin, podría decirse que las similitudes son apreciables; pero debo añadir que son, además, tan solo… ¡aparentes! (repárese en que acabo de utilizar el verbo reflexivo parecerse).

Un interino veterano es, por lo demás y demasiado a menudo, un profesional acomodado y desincentivado; combinación perniciosa que produce, por definición o necesidad, efectos de indolencia y desmotivación en los individuos aquejados de esta enfermedad. Es comprensible su despreocupación y el regusto cínico de su modo de ser y de pensar; pero su influencia, en lo más tierno y moldeable de nuestra sociedad (¡nuestros niños y adolescentes!), se me antoja aviesa, enfermiza e, incluso, letal, a medio o largo plazo.

He mencionado antes el concepto de “limitación”; de hecho, utilizaba el plural, pues es patente que las múltiples facetas (precarias) de dichos trabajadores eventuales, reiterados y crónicos, debieron ser rubricadas por verdaderos profesionales del gremio, compañeros míos todos; y, lo que es aún peor: agravadas dichas facetas, y presuntas cualidades, por años de fracasos recurrentes. Sin duda, lamentable situación… Pero no debería ser asunto de la sociedad, en su conjunto, ni de las instituciones públicas, en particular, posponer “sine díe” el hecho de enfrentarse a una evidencia, patente e incómoda: la mediocridad o, sin más tapujos, una franca y palmaria incompetencia en el servicio a Lo Público.

Me pregunto, pues, desde mi posición de leal y acreditado servidor público, si ha de ser mantenida, presupuestada y subvencionada; considerada conveniente, incluso, esta dilación en la inacción de todo Gobierno, hasta hoy, ante algo tan lesivo: la perpetuación de incompetentes en sus cargos de tanta responsabilidad… Habrá intuído Su Ilma. que la respuesta es tan obvia como retórica la pregunta. De ahí que aplauda la propuesta de su Gobierno -¡por fin!- en la dirección adecuada: la limitación a tres años en la función pública de todo aspirante a ocupar un puesto en la Administración… ¿Acaso no ha de ser, tal como lo es en cualquier otra empresa privada, periodo más que suficiente uno de tres años, para dilucidar la capacitación e idoneidad del trabajador?… Y, en todo caso: ¡es tanta la cantidad de jóvenes, entusiastas, dóciles y bien preparados aspirantes a entrar en esta carrera, que aun nos sobrarían miles! ¿No tendrían éstos derecho, pues, a movilizar sus vidas; a contemplarlas con algo más de esperanza?… Sólo una caterva de veteranos apoltronados -hasta ahora, protegidos por ustedes- se lo impiden.

Un servidor, sin ir más lejos, tiene un sobrino que estaría en posición de aspirar -con una solvencia que yo mismo avalaría, sin duda- a semejante honor: el de demostrar que, en menos de tres años y en las circunstancias adecuadas, él sí se haría digno merecedor de una plaza de docente en propiedad. No son pocos los casos parecidos que conozco, y es una pena que tanto esfuerzo, juventud, potencial y talento se estén diluyendo, evaporando; y en un país que se halla en una situación como para no permitirse el lujo de desperdiciar todo lo mencionado… Por fortuna, mi propia hija, una chica sensata y muy centrada (lo pudo demostrar ante los dos únicos Tribunales que necesitaron valorarla), perfectamente formada y asesorada -después de todo, lo ha vivido en casa desde pequeña-, alcanzó la muy importante responsabilidad de acceder, con brillantez, a la docencia pública, hace ya siete años. Desde entonces, dignifica con su labor diaria una profesión que precisa de más personas capaces y cabales como ella.

Suyo afectísimo seguro servidor,

CAT. Amadeo (¿o Amadea?) Fideles de las Altas Tarimas”

N. del Transcriptor: Se garantiza la solvencia y fiabilidad de las fuentes consultadas, perfectamente apócrifas y de una franqueza hiriente, pero honesta.

Tres años son más que suficiente – I

•mayo 12, 2017 • Dejar un comentario

Dejé hace meses de publicar nada que se relacionase con uno de los asuntos que ya me interesan menos: la docencia. Me refiero al concepto como ente abstracto, aislado y descontextualizado; si acaso, al fenómeno antropológico-político-social que lo rodea, por así decirlo; pero también a todo lo que se relacione, de manera específica, con mi muy insignificante e insignificada situación. Quede dicho, antes de arrancar con la “cosa” propiamente dicha.

De la “cosa” ya les explicaré, más adelante, en qué consiste; pero vaya en vanguardia lo que, al cabo (y nunca mejor dicho), debiera acabar en corolario y, por tanto, posponerse. No obstante, como he dicho, no lo voy a aplazar… Mi espíritu de la contradicción me empuja ahora a asegurar que vivimos en un país enfermo (grave), corrompido y desmoralizado; aquejado, además, de un (des)Gobierno cobarde e incapaz de aplicar la coherencia, siquiera, en sus propias ideologías y políticas. Por lo visto muy recientemente -casi un “deja vu”-, lo que hace es implementar la de otros, servil y humillado: la de los muy acomodados nacionatas… Pero dejemos eso ahora… Lo que quería decir es que, se afirme lo que se afirme, lo más probable es que se amague, se amenace, se advierta y amedrente; pero sin ejecutar nada, como es su costumbre (Laissez faire, laisser passer!, dicho con “amarianada” habla y farfolla).

Deseo que los sindicatos cumplan con su función y deber (me estoy refiriendo a este asunto: AQUÍ) de forma profesional y ejemplar. Mas, ¿sería necesaria su diligencia?… ¡Con estos, ni diligencia ni calesa!… Obviamente, no nos podemos quedar de brazos cruzados, ni dejar de oponer resistencia; pero me aventuro a apostar por su inmovilismo, que apenas salpimentan, de cuando en cuando, con una inconfensada animadversión hacia la más indeseable de las tribus: la muy numerosa, onerosa (¿”numonerosa”?), desmembrada, disgregada, desmoralizada, desmotivada, estigmatizada y deslenguada (a veces) de todas: la TRIBU INTERINA.

Llevo ya unos años sugiriendo que, de considerarse esta subespecie humana (en la que me englobo) como una entidad importante, significativa y necesaria (“una, grande y libre”, por así decirlo), entonces organizarían sus muy enfebrecidos miembros y miembras un auténtico y multitudinario DÍA DEL ORGULLO INTERINO, que ríanse ustedes del muy multicolor evento en el que todos y todas y todes están pensando; ¡por no hablar de Eurovisión!… Pero, claro: nos cortamos, nos reprimimos, nos desgajamos y declaramos insumisos de nosotros mismos… Al fin y al cabo, si estamos como estamos, ¡será por algo que habremos hecho mal! (la mayoría, con el agravante de reincidencia).

Es probable que nuestros muy preclaros prohombres y preclaras promujeres (no quiero dejar fuera de esto a nadie ni a nadia) hayan considerado la posibilidad de un Movimiento masivo interino -propongo llamarlo “A lo mejor podemos, lo más probable no; pero ya nos la suda”– que colapse las calles y callas de las ciudades y ciudadas más importantes e importan… ¡BASTA!… Como iba diciendo: un temible colapso de las más magnas urbes de esta mancomunidad cuasi-federal de gentes que lo quieren separar todo, menos la “Liga Santander”. ¡Una nación de naciones como debe ser, normal y esas cosas, no podría soportar semejante desbarajuste anual, tamaña bacanal de desesperados! ¡Encima, ufanos y envalentonados!… ¡NO!

Por eso, lo mejor es “adecretar”, adecentar y neutralizar los movimientos ciudadanos subversivos -¡y éste, sin duda, lo sería!-, potenciales o activos, con políticas licuadoras y desincentivadoras. Con tal finalidad, lo mejor que se les ha ocurrido es proponer una limitación de la nefanda condición a un periodo máximo de tres años… ¡Brillante!

En próximas entregas les prometo facilitar una estremecedora exclusiva: una carta, casi un manifiesto, de un miembro, o lo que sea (no pienso dar pistas), de una persona que SÍ tiene lo que hay que tener, no como otros (¡chusma!): una plaza en propiedad.

¡Enhorabuena, Aitor! (el saqueo de un Estado por parte de otro estado, ¡oh!… ¿De “gracia”?: poca nos hace)

•mayo 3, 2017 • Dejar un comentario

¡No te van a caber los tractores en el kaxerío!, ¿verdad?… Lean esto: ¡El “poder de negociar”!… ¡Hay que jod…se!… ¡Primero!: negocia sólo el que puede y, sobre todo, al que le dejan. ¡Segundo!: que se dé por buena, por “leal” -o, al menos, legítima-, la enésima evidencia de que se nos chulea y de que se nos saquea a la mayoría, sólo porque otra minoría sea aún más osada, agresiva y arrogante (léase Cataluña: el otro “estado” en liza), define y diagnostica -¡más bien!- la clase de gravísima enfermedad terminal que nos han infectado… Que desde el resto del Estado no se promueva una AUTÉNTICA REBELIÓN, me preocupa y me avergüenza: los auténticos oprimidos y agredidos, los que lo venimos siendo desde hace ya décadas, no podemos (¡no deberíamos!) callar y aceptar esta dictadura de los ricos; la de ésos que, en efecto, lo desean ser más y más; la de ésos que quieren lo suyo, por triplicado, y una gabela del resto: porque son más guapos y porque ellos se lo merecen…

A propósito de Cataluña: que se dé por descontado, en este artículo de opinión de El País, que los catalanes no saben jugar sus cartas (¿se pretende aplaudir al jugador ventajista frente al atracador en ciernes?: el primero nos evita el sofoco y la violencia, pero el resultado es el mismo); o que ellos, por tanto, no le saben sacar tanta tajada a su “juego”, es muy discutible y habría que verlo. Lo único que les “falta” a los catalanes es lo que ninguno, para empezar, debiera detentar: un privilegio medieval y anacrónico llamado “fuero”, que reduce a papel mojado la tan cacareada y FALSA igualdad entre ciudadanos españoles (sean éstos lo que sean: cada día está el concepto de ciudadanía española más devaluado).

Así pues, estamos más y más cerca de la materialización y confirmación de mis augurios: AQUÍ. Fueron una broma, que no lo era tanto, pero se ve venir.

Sólo añadiré una cosilla más: habrá que tomar nota, comparar y sacar conclusiones de lo que ha venido pasando en este país (¡y lo que nos queda, Aitor!), por llamarle algo, a lo largo de las últimas décadas. Por lo que a mí respecta, sólo lo ignora el que no quiere ni ver ni oir.

Que se ponga en práctica en Cantabria (o lo que de ésta queda) este ejercicio indolente de apatía voluntaria y cobarde, que condena a esta región y a sus desgraciados habitantes (¿hay alguien ahí?) a una forzosa y humillante subsidiariedad, tiene, si cabe, más pecado.

Y hablando de cobardía, de humillación e indecencia: ¡Partidos “nacionales”!… ¡¡¡JAAAAA!!!

A vueltas con el debate “bilingüista” en las aulas – III

•febrero 14, 2017 • Dejar un comentario

DIVERSIDAD:

Habrán encontrado algunos contradicción entre lo que digo sobre la diversidad -y su necesidad o modos de afrontarla- en uno y otro texto: me refiero a los dos que preceden a éste en la serie, claro está.

Parecería, en el primero, que la denuesto; y que en el segundo la propongo como una estrategia no sólo válida, sino imprescindible. Eso sí: poniendo el acento en la excelencia; pero no así por priorizar o ensalzar lo supremo, que es lo que entienden muchos, sino por poner en valor lo que parece proscrito, casi como una vergüenza.

La “diversidad” a la que se alude en el primer caso es ésa que parece proponer una especie de descabellada renuncia a la propia identidad: ésa que parece soñar con una escuela multiculturalizada, “Babel”, dispersa y, muy probablemente, caótica. Aclararé más tarde en qué justa medida debemos reconocer la lógica validez de los parámetros hegemónicos; o de su imposición, si se prefiere (en definitiva, la legitimidad del derecho de un pueblo a preservar y a extender, si le es posible, su bagaje y su cultura).

La “otra diversidad”, la que contempla la atención personalizada de las distintas realidades, los diferentes intereses, enfoques y capacidades (¡incluidas las excelentes!), me parece la más adecuada -lo reitero, por si a alguno aún no le había quedado claro- y la más necesaria. Y así debe ser, ya que del apoyo a lo que va por delante, o por encima, surgen los frutos más valiosos y rentables. Pretender que esto discrimina, abandona, relega o humilla -¡por definición!- a los que no se ponen por encima o avanzan por delante, es una simple y llana memez. Sin embargo, es una memez que se escucha o insinúa bastante por ahí.

Así y todo, algunos insistirán en aducir que este interés malsano por lo óptimo acaso descuida los valores humanos y la formación integral de los alumnos: ¿por sistema?; ¿por definición?… ¿Y por qué así?… No entiendo bien este empeño por hacer parecer antagónicos complementos enriquecedores de las personalidades en proceso de maduración y de esfuerzo: nuestros hijos y alumnos. Al contrario, los jóvenes correctamente guiados, estimulados y apoyados (y, sobre todo, con la ESPERANZA de ver fructificar sus aspiraciones en ALGO: en este sentido, nuestra sociedad NO LO PODRÍA ESTAR HACIENDO PEOR) habrán de ser algún día personalidades más complejas, creativas, resistentes y autónomas. Cierta “sobreprotección” de éstas, me temo, a poco bueno nos está llevando.

Apuntaba antes que se diría que las hegemonías, hoy en día, ofenden: por un lado, la que se nos ejerce (¡Ah, la Pérfida Albión!… ¿Ven cómo los extremos se tocan?: ¡cierta progresía y Franco puestos de acuerdos en algo!); y, por otro, la que creemos ejercer sobre otros (olvidando que son los OTROS los que eligieron venir aquí a dejarse “adoptar” por todos nosotros)… Para empezar, si estamos hablando del inglés, no es por casualidad, ni por cesión intolerable o vergonzante; ya que, en definitiva, ¿la Historia se puede cambiar?… Si algún día pretende un pueblo causar en el colonizador cultural ajeno la necesidad de sentirse atraído por nuestra opción, por nuestra voz, por nuestra cultura y por nuestra ciencia y conocimiento, entonces tendremos que persuadir al hegemónico de que A ELLOS les merecerá la pena dejarse “colonizar” por nosotros… La mayoría de las veces esto se transforma en un adecuadísimo y equilibrado intercambio. Pero ni el proteccionismo cultural, por así llamarlo, ni las actitudes acomplejadas denotan otra cosa que los más severos indicios de insolvencia y decadencia. Lamento tener que decir que temo que éste es el caso.

Véase, por ejemplo, la forma en que las más vanguardistas o significadas instituciones vascas se auto-adjudican sonoros nombres en inglés, que sabiamente incluyen la denominación de sus toponimias en castellano, más internacionales, reconocibles y “vendibles” (¡”Bilbao Exhibition Center”!… Supongo, en parte, ¡culpa de Kurt Weill y de Bertold Brecht!); al tiempo, se nos “prohibe” a los españoles usar esos mismos nombres en nuestro propio país; o camino de ello vamos… Otros curioso caso es el de Ibiza, que es como una “Trade Mark”: en el “Estado Español”, Eivissa, claro… Pero éste es otro de esos absurdos temas a los que aquí nos enfrentamos, en lugar de gastar el tiempo y las energías en asuntos más prioritarios.

Sea como sea, lo que que pretendo decir con todo esto es que no es ninguna novedad que el lenguaje es una decisiva arma de poder, de manipulación y de colonización, ¡en efecto!… ¿Alguien no se había percatado todavía?… Pues, entonces, usemos bien todas ellas: a nuestro favor, a ser posible, las propias y las ajenas.

Un Programa de Educación Bilingüe (o “monolingüe”) no puede ser pernicioso en sí mismo; ni siquiera inútil: lo será, acaso, su puesta en práctica; si se hace de forma deficiente, precaria, inconstante, incoherente, sin planificación ni objetivos… Pero esto podría decirse de todo lo que se emprenda. Procuremos que no sea, como a veces parece, lo que habría de decirse de casi todo lo que nos rodea y afecta.

A vueltas con el debate “bilingüista” en las aulas – II

•febrero 13, 2017 • Dejar un comentario

nino-gafas-listo

EXCELENCIA:

Si existe un término que ofende a cierto tipo de progresía, de un modo especial y cuasi-lacerante, ése es el de excelencia. Por supuesto, va asociado, de manera automática, al de “élitismo” o “discriminación”, así como a otros de connotaciones siempre negativas. Y lo cierto es que uno, que siempre se ha considerado más bien progre, no comprende por qué lo excelente se ha de reñir con el progresismo. Es más: para mí lo excelente SE DEBE VINCULAR, de manera natural y lógica, a los conceptos de avance y progreso… ¡Pero a lo mejor son manías mías de acomplejado resentido con ínfulas de “elitista recalcitrante”!

En este sentido, no es infrecuente comprobar que los más acérrimos defensores de lo anti-excelente (o lo anti-elitista) procedan, precisamente, de criaderos acomodados; próximos, como mínimo, a las élites culturales y/o económicas. Por eso uno, que no vivió acomodado nunca o casi nunca, parece empeñado en aspirar a la bendición de lo que me podrá -o podría- igualar por lo alto, no por lo bajo o lo mediocre; y lo mismo deseo para los que me heredan. Y habida cuenta que se hallan fuera de mi alcance los “templos” verdaderamente elitistas (curiosamente, los únicos que no parecen sufrir nunca crisis ni cercenamiento alguno), sería por mi parte perfectamente legítimo aspirar a instaurar -o a apoyar, siquiera- alguna suerte de “Sistema de Élites Populares”, las cuales habrán de ser, por supuesto, públicas.

Por eso la falacia que identifica la llamada, por algunos, “cultura del esfuerzo” con lo discriminatorio o lo insolidario (si bien no ha florecido ninguna Cultura digna de ese nombre sin verdaderos e ímprobos esfuerzos) no podría ser más tramposa y dañina: y precisamente los más perjudicados por estas tesis populistas son los que ellos pretenden defender: las clases “desfavorecidas”. Me pregunto si no subyace tras estos planteamientos un paternalismo condescendiente que, en el fondo, desprecia el potencial de las gentes más alejadas de la cúspide social… Al fin y al cabo, como ya se ha apuntado algunas líneas más atrás, las élites más poderosas e inamovibles retienen sus garantías inalienables de formación exquisita en perpetuidad hereditaria: si no es en Deusto, “Comillas”, Musikene, la Pompeu Fabra o Pamplona, lo será en Eaton, Cambridge, Oxford, la Sorbona, Harvard, Berkeley o el M.I.T. Las puertas de todas estas instituciones nunca se cerrarán ante el empuje del poder adquisitivo y de un mínimo de talento. De ahí que uno se pregunte, una y otra vez: ¿QUIÉN está REALMENTE INTERESADO EN SOCAVAR los niveles de exigencia en los sistemas públicos de enseñanza?… Que los llamados “progresistas” le estén haciendo el juego, de modo tan pueril, a los verdaderos causantes de esta degradación dice muy poco a favor de sus supuestas buenas intenciones, trufadas de palabrería y de tesis tramposas y letales. Ni siquiera las buenas intenciones de algunos les exime de la gravedad del desastre que se está provocando, lento pero inexorable.

Tampoco creo que nada de lo que aquí se lee no se haya dicho ya infinidad de veces, repetido por miles de voces (hoy en día, por lo general, discrepantes). Pero parece necesario insistir y sumar cuantas más voces sea posible a este clamor de “insumisión”: es URGENTE dotar, dignificar y ensalzar la EXCELENCIA del Sistema Público Educativo; es preciso ramificarlo en tantos “compartimentos” como sea necesario para atender DE VERAS la diversidad; además, con el especial empeño de fomentar lo creativo y lo excelente dentro de la misma. Sin complejos ni auto-censuras rancias y pseudo-progres.

De ahí que atacar cualquier Programa que pretenda guiarnos en esa dirección (ya lo haga éste mal o bien; pues, si se implementa de forma deficiente, sin duda será por falta de presupuesto, de método, de personal y de apoyo) no podría ser más inconveniente y corto de vista. To say the least!