De penitencia, hacia el Cielo (ensayo sobre el Espíritu Nacional-federalista de la gran “Catequesis Laica”)

•junio 18, 2018 • Dejar un comentario

Esto parece España: un país sumido en una permanente penitencia. Por todo: por el Imperio, por los pueblos indígenas; por la pérdida del Imperio; por ser frontera con la miseria casi absoluta, sin dejar nunca del todo nuestra aspiración a equipararla; por no dejar mandar a los primigénios de Iberia sobre el resto (o sí, en realidad; pero sin que conste en el registro oficial de la O.N.U.); por las Guerras Carlistas, por la de Cuba y por la Civil; por Franco y nuestras cansinas, recurrentes obsesiones; por los exiliados: exteriores e interiores; por nuestro centralismo; por nuestra disgregación; por ser; por estar; por apenas parecer… Por no tener ni un Nobel que merezca la pena; por perdedores; por malos perdedores (que se odian a sí mismos); por acomplejados; por no compadecernos de nosotros mismos; por holgazanes y por negligentes; por opresores de minorías: todas, incluso aquéllas que no conocemos; por opresores de mayorías: las féminas; por machistas, los machos: todos, menos los homosexuales; por insolidarios (en especial, con nosotros mismos); por olvidarnos de los muertos en los accidentes laborales, en los de tráfico, o de los miles de desahuciados o suicidados, mientras nos rasgamos las vestiduras a diario -es ya una rutina oficializada- por las cuarenta o cincuenta mujeres masacradas por ciertos bestias (muchos de los cuales ni siquiera son españoles… ¡Anatema!); por apreciar todas las tradiciones y culturas, menos la nuestra; por abandonar a los universitarios, y a los jóvenes todos, a su suerte; por abandonar a decenas de miles de trabajadores estatales interinos a su suerte; por abandonar la Ciencia y la Tecnología españolas a su suerte; por asumir como “normal” que algunos somos siervos y otros tienen “historia” (y nos mangonean y nos mandan); por la putrefacción congénita; por la degradación endémica; por vivir sin demasiada esperanza ya…

En definitiva, la propia españolidad es una penitencia. De hecho, desde hace demasiados años -al menos, desde que ese leonés del mejor talante nos puso en vereda-, uno cree vivir recluído en una forzosa catequesis laica; no por su laicismo, menos moñas, menos entrometida, menos descabellada y mema que cualquier otra más clásica: al menos, las católicas son más honestas y coherentes. Pero, claro está, ¡lo peor no es esto!: lo más insidioso e inquietante es la neo-inquisición imperante: la más paternalista, desquiciada, totalitaria y peligrosa que yo he conocido (pienso en que deben estar ahora mismo tomando nota: se lo estoy poniendo fácil).

¡Menos mal que nos espera el Cielo a todos, con lo que tan de buena gana y mejor fe soportamos!: desentendidos, dóciles, acabados… ¡Amén!

 

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2018. “Diario de un profesor interino”: ELLOS NO LO HARÁN; EL TIEMPO LO HARÁ POR ELLOS

•abril 3, 2018 • Dejar un comentario

Hoy he iniciado mi proceso informático: en menos de una hora, ya me enfrentaba a uno de esos problemas técnicos improbables (tal vez una simple saturación de la red). Por si las moscas, un mensaje mío aguarda al “soporte técnico” de la Consejería, mañana a primera hora: apenas dispondré de unos minutos para averiguar si me contestan, ya que compagino mi eterna aspiración, mi perpetua cesta repleta de todos los huevos rotos, con un trabajo en toda regla. Así pues, todo está pendiente aún, en el aire… Han sido horas de lecturas de manuales y de formularios, de tanteos, de llamadas de teléfono, de visitas y cambios de impresiones; de recopilación, deducción, ordenación, empaquetado… Tengo casi 53 años, llevo más de 16 en las aulas, y aún debo probar, a los que me proporcionan esta magnífica oportunidad, que hace casi 30 obtuve un título universitario, entre otras obviedades (sin las cuales ni siquiera podría estar diciendo lo que digo, sabrán deducir).

No sé si halagarlos diciendo que son astutos, pero lo parecen: no nos embarcan (siguiendo con los símiles marineros) en una gran nave desvencijada, corroída y medio-desarbolada. Lo que hacen es separarnos a todos en pequeños botes “salvavidas” de singladura incierta: nos dispersan y aíslan. No están preocupados por determinar nuestros puertos de destino –se da por descontado que la mayoría se perderá en alta mar-, sino por evitar una catástrofe multitudinaria, concentrada en un breve periodo de tiempo: demasiado llamativa… Alivian su muy difusa culpa con nuestros austeros “kits” de supervivencia (en todo caso, para cuando esto ocurra, ellos ni siquiera tendrán responsabilidades de gobierno, probablemente).

La estrategia del gestor neoliberal que trata de salvar los muebles consiste, pues, en esto: disgregar, separar, atomizar, posponer, aplazar, aislar, silenciar, negar, disfrazar, mitigar… Ese futuro, del que antes hablaba, ya se anuncia en neones cubiertos de moscas y chisporroteantes, parpadeando junto a carreteras comarcales y polvorientas. Con suerte, nos quedará una habitación apestosa de motel barato en la que descansar nuestros muy amortizados huesos: será más asequible enterrarnos –en vida o en el fango- que agradecer nuestros servicios.

Así pues, barro o marea, lo cierto es que se prepara nuestra puntilla en una ceremonia sacrificial masiva: nos arrastran a la piedra habiendo conseguido arraigar en nuestro sentimiento más abisal de culpa que nos lo merecemos: por fracasados e inútiles. El que no vea nuestro aislamiento; nuestro sacrificio paulatino, pero inminente; las luces con forma de flecha apuntando a un foso… El que no quiera verlo, que se arranque los ojos, porque de bien poco le sirven.

Me pregunto de qué serían capaces miles de personas desesperadas: no me gustaría contemplar un averno así.

(Y COMO LLEVO DICIENDO YA, AL MENOS, OCHO AÑOS: ¡SÓLO ME QUEDA ESPERAR QUE ESTÉ EQUIVOCADO!).

2018. “Diario de un profesor interino”: DARWINISMO

•abril 3, 2018 • Dejar un comentario

Vuelvo al tema de las oposiciones de Secundaria, 2018. Es 25 de marzo, y aún no he procedido a la lectura de esa convocatoria. Podría decirse que la evito. Podría decirse que la evitaría del todo, si pudiera… Finalmente, no lo haré, por supuesto; evitarlo, quiero decir: mi vida y el futuro de mi hija dependen de ello (N. del A.: Demasiado tarde, cuando ya he tomado la decisión de pagar mi octavo “tributo”, que he pagado SIEMPRE: incluso cuando estaba en el paro; y acudir, al menos, al primer examen, se me confirma que no tengo la perentoria necesidad de hacerlo… Me presentaré a mi última derrota con la cabeza muy alta y el ánimo sereno: por dignidad torera).

Pretendo ser conciso, ir al grano: ser objetivo y sopesar todo lo que este asunto implica. Mi asco y profundo sentimiento de humillación han quedado ya claros; por eso quisiera ir mucho más allá de lo meramente visceral: delinear unos argumentos y razonamientos nítidos.

Quizá debería empezar por esto: el recurso legal que, al parecer, han presentado varios profesores interinos –entre los que no me cuento: no saquen conclusiones, por favor- incide en cuestiones que aún desconozco; al menos, en toda su complejidad. Sin embargo, no es difícil imaginar algunos de los reparos que dicho recurso plantea: la mayoría, seguramente, legítimos.

El más esencial, por supuesto, es aquél que enmienda la aparente intención de la Administración de liquidar a miles de trabajadores eventuales, cuyos servicios, contrastados, competentes y leales, han sacado a dicha Admon. de infinidad de apuros, por así decirlo; durante décadas.

Lo cierto es que ninguna Admon. estatal se compromete a costear, sine-díe, el sustento de miles de trabajadores de usar y tirar, por lo general; ya que éstos –los conocidos como eventuales o interinos- se contratan a discreción en periodos variables: habitualmente, breves. Lo malo de esta manera de ver las cosas -cualquier Abogado del Estado la calificaría como razonable y sujeta a derecho– es que su propia concepción se elabora en un contexto crono-socio-económico que, sin haberse llegado a alcanzar aquí nunca del todo, aspira a equipararse con las siempre llamadas sociedades (y economías) de nuestro entorno. Si se me permite: cada día me resulta más insoportablemente irónica esta pretensión, fraudulenta y ridículamente arrogante, del llamado “estado español” (en efecto, la mayoría que cree prosperar en su disgregación así lo llama: como si escupieran la propia articulación de las seis sílabas, forzados a pronunciarlas).

Lo que quiero decir es que la eventualidad laboral es o suele ser, en las sociedades ricas del cuasi-pleno empleo, sólo un estado –idealmente- intermedio y provisional para el conjunto de los individuos bien cualificados; quienes, de forma paulatina, acumulan así experiencia, hasta consolidarse en un proceso que enriquece al propio individuo, así como a la sociedad, en su conjunto, de la que aquél forma parte.

Por tanto, a los eventuales de las sociedades que SÍ generan riqueza -y consolidan no sólo a sus empresas, sino a los trabajadores que las sirven y ayudan a levantarlas- lo que este proceso les aporta, en sus estadios iniciales, es una base sólida sobre la que los individuos construyen su vida, su futuro y el de la propia prosperidad, compartida y hereditaria, de un país entero. Y así debería ser, por mucho que este proceso intermedio se alargue y sufra previsibles, eventuales incertidumbres: lo normal, en una sociedad próspera o prosperante, es que la experiencia y la competencia se valoren y se premien; o, ya sin rodeos: ¡lo normal es que se paguen y terminen por perpetuarse y consolidarse!

Lo malo de nuestra sociedad es que, lejos de consolidarse y de hacerse más próspera y socialmente justa, se ha venido licuando: la eventualidad no ha servido para ayudar ni a las empresas (tampoco a la más grande de todas, que es la del Estado), ni a los individuos. Nuestras vidas, en el mejor de los casos, se han ido “prorrogando”, posponiendo; y la “prórroga” es lo contrario de la “consolidación”.

Por lo tanto: la presunta “oportunidad de oro” que, se dice, nos brindan a los interinos para consolidar, contrastar o confirmar nuestra valía, así como los sólidos y bien estructurados frutos de tantos años de experiencia, es -siendo sensatos y, sobre todo, honestos- una trampa mortal para viejos osos. Lo único que se pretende es nuestra extinción; o, en el mejor de los casos, consolidar, en efecto, una coyuntura incierta y paulatinamente más precaria, que aboque a muchos de nosotros a circunstancias insostenibles. Se entenderá que, en los casos más sangrantes, podremos contemplar situaciones dramáticas: con protagonistas agobiados por desgarradoras cargas familiares, envejecidos y hasta con serios problemas de salud; quizá por puro agotamiento (sólo es cuestión de tiempo).

Me pregunto quién, en su sano juicio, podría mantener que una sola tesis o hecho de los aquí expuestos son descabellados o exagerados… Para empezar, la presunta igualdad de oportunidades es una filfa: otro más de los muchos fraudes a los que se nos somete, ahogados por mil ruedas de molino. Y si no es así, ¿quién podría defender, por ejemplo, que hayamos disfrutado de las mismas oportunidades de “consolidación” los docentes de unas materias u otras?; ¿las mismas los ciudadanos de unas regiones u otras?… ¡Porque un servidor ha tenido que esperar OCHO AÑOS para disfrutar de esta generosa oportunidad! (sin ir más lejos: yo no podría aspirar a una plaza de funcionario en varias de las Autonomías presuntamente españolas, blindadas, de facto, por sus idiomas vernáculos).

¿Cómo se puede afirmar que un profesor de Educ. Plástica es igual que uno de Matemáticas, Inglés o Lengua Castellana, a la luz, simplemente, de las cifras de plazas convocadas?… ¡Esto para empezar!; si bien uno ya ha podido asumir que su asignatura se ha puesto al nivel de los “accesorios” o caprichos culturales menos trascendentes; o hasta prescindibles. Lo que sí que no me parece de recibo -¿tal vez, ni siquiera sujeto a derecho?- es que MI PRIMERA OPORTUNIDAD EN OCHO AÑOS la deba afrontar en condiciones MUY distintas a las que sí disfrutaron, de manera reiterada, muchos otros de mis colegas de las más solicitadas materias… ¡Muy distintas condiciones y, por supuesto, muy lesivas y perjudiciales para mis compañeros de materia y para mí mismo!

En un verdadero “Estado de Derecho”, honesto y cabal, una felonía tan arbitraria contra una parte de sus ciudadanos –curtidos, cualificados, experimentados: sí- ni siquiera tendría un pase. Claro que… como ya he insinuado, ¡este país parece andar sobrado de ciudadanos consolidados!… Tampoco sé muy bien qué pretende hacer con nosotros, todo sea dicho de paso: ¿reciclarnos?; ¿disgregarnos?; ¿licuarnos?; ¿someternos a “acoso social”, para que terminemos rendidos o muertos?… Les propongo intercambiarnos en el Estrecho de Gibraltar, trasladados en pateras o “zodiacs”, por los que vienen en dirección opuesta: supongo que alguno pensará que así esta sociedad, tan solidaria y sabia, habrá de salir ganando.

Volvamos al punto de vista del Estado: frío, inflexible, sujeto a la Ley y limitado por su voluntaria ceguera; arbitrario, incluso, si lo que le conviene es serlo (no son infrecuentes las leyes, decretos y normativas que se ajustan a la pura conveniencia: no la general, sino la del propio Estado o la del Gobierno de turno). Lo será: y empezará por nosotros.

Vislumbro un futuro espantoso con ancianos pobres y desatendidos; una sociedad sin apenas niños o, en el mejor de los casos, con familias desapegadas y poco interesadas en que sus hijos reciban una educación precaria; la cual acabará por ser percibida, de todos modos, como inútil; también, probablemente, como una imposición hostil: enemiga de ciertas maneras sobrevenidas de pensar, de creer, de ser ciudadano en España (o lo que quede de ella).

Si ha de iniciarse este largo viaje -¿hacia el fin de la noche?-, ¿por qué le tendría que importar a ese Estado ciego, inflexible y frío el destino de un colectivo de aspirantes fallidos, y quién sabe si hasta insuficientemente cualificados, después de todo?… ¿No contaron, acaso, con SUS oportunidades? ¿No los superaron sus contemporáneos, primero, y luego los competidores de las generaciones siguientes?… Tal vez seamos un muy significativo grupo de gente; pero eso no nos evita ser un estorbo: un incordio enorme de miles de personas prescindibles y sin derechos: sin derechos, porque cada 364 días, éstos se borran y anulan.

“La vida es esa cosa que (se) te pasa mientras opositas” (y II) / Carta abierta a mi hija

•marzo 18, 2018 • Dejar un comentario

AQUÍ, disponible la primera parte de esta fascinante serie.

Querida hija:

Te escribo, como ves, tal como si estuvieras ausente, aunque no lo estés del todo. Es cierto que ya iniciaste tus primeros revoloteos lejos del nido, por tus estudios, emigrada de una ciudad que expulsa a tantos de los suyos: doy por descontado que tú serás, algún día, uno de los muchos que sólo regresan aquí, ocasionalmente, de vacaciones o en visita rápida, cada vez más desarraigados. Sin embargo, es éste un fenómeno que se da mucho entre los que tuvimos la suerte o la desgracia de nacer en Santander: la nostalgia de esta tierra. Pienso en si madre tan desagradecida se la merece.

Pero no me quiero meter en esas disquisiciones, derivadas sólo tangenciales (¿¡o tal vez no lo sean tanto!?) de lo que me lleva a redactar estas líneas… Al principio, acuciado por la necesidad de romper mi ya prolongado silencio de interino concienciado -más bien: doliente-, pensé en redactar algo de acuerdo con las pautas de esta especie de ensayos periodísticos que me ha hecho tan célebre en ciertos círculos. De esta forma, sin decidirme nunca del todo, sin acabar de ver un último enfoque, desmotivado, cansado y muy ocupado, se me ha ido pasando el tiempo.

Sea como sea… Ya sabes que se convocó el enésimo concurso-oposición del que tu padre será uno de los miles de aspirantes. La última vez que ocurrió algo parecido fue hace ocho años: más de un tercio de tu vida, y más de un séptimo de la mía. De ésta, ya llevo invertida mucho más de un tercio en esta pasión inútil… Lo sabes. Lo cierto es que contemplar esta especie de abismo pasado me provoca una sensación de vértigo mitigado: apenas sentido, como si lo despreciara, mecido por una especie de tendencia auto-destructiva o suicida… Esto me inquieta, ya que la indiferencia y la falta de ilusión son más letales que la rabia y el resentimiento. Me entristece confesarte que parece confirmarse que pertenezco a una larga estirpe de perdedores; de aspirantes eternos a abandonar la desazón -ésta sí, eterna- de la eventualidad y la frustración: como si ya fuera una forma de vida entre los nuestros. Por supuesto, quiero ayudar a romper esta maldición contigo, de una vez por todas. Luego mencionaré a tu abuelo.

Te decía que esta pesadilla recurrente ha vuelto a brotar de las ciénagas del tiempo, obsesiva, un martes 13: como una broma pesada, se diría que nos desean mala suerte a todos… Lo cierto es que, de forma inexorable, la mayoría tendrá que conformarse con el abandono de esa furtiva y escasa dádiva: la suerte. ¡No es que me duela! (cuento con su rechazo); de hecho, es mucho menos que eso: es que ya doy por perdida la partida de antemano. Por tanto, no tiene sentido aspirar a un punto al que no alcanzo. No pocos dirán que es lo que me corresponde; y lo que merezco.

No he abierto aún, siquiera (hoy es día 18), esa convocatoria… Huiría de ella, si pudiera: renunciaría a sus efectos secundarios -el único que me interesa ya es la presunta renovación, sine-díe, de un contrato: es por ti que lo hago, sobre todo-, a su perpetua humillación. ¡Es tan difícil de explicar!… Tú bien la conoces, quizá mejor que nadie: la incomprensión a la que se nos somete. Para la mayoría, lo mejor sería no escucharnos; ignorar nuestra provisionalidad, nuestra condena. Resultamos incómodos: la paradoja de una sumisión que se calla por prudencia, casi por miedo: por temor, incluso, a represalias… Ser, pero no acabar de ser nunca nada del todo: estar, apenas; y mejor humildes, cautos, silenciosos… Lo cual me lleva al concepto -en España, casi cómico- de “consolidación”: sin individuos CON-SO-LI-DA-DOS, ninguna sociedad avanza. De ahí que la nuestra, tan preocupada y coartada por las “nacionalidades” y sus pueblos, o por tantos grandes ideales universales -¡a menudo ajenos, incluso contraindicados y dañinos!-, más papista que el Papa, destruye aquello con lo único que debiera contar: la suma de las esperanzas de SU gente… La mía hace tiempo que quedó amortizada: restada, pues. Lo sabes; pero no quiero que tú me sigas por este camino.

Otra cosa que sabes muy bien es que yo no he aceptado de buen grado nada de esto: nunca. Me acusarán de ser arrogante, desagradecido, altivo, desconsiderado, intolerante… Creo que el tiempo tendrá que darnos la razón a los que mantuvimos, al menos, cierta dignidad: un intangible poco valorado en estos tiempos de vendidos, hipócritas, lameculos, arribistas, chaqueteros, veletas, ambiciosos, bienaconsejados, oportunistas, fingidores, enchufados… todos ellos borrachos e imbuidos, ¡claro está!, de visiones (o misiones) políticamente correctas. Pero tampoco pretendo aquí subrayar algo que ya contemplo como una metástasis social irreversible: sólo me importa ya tu porvenir.

¡Y me preocupa!… Debería pedirte perdón por no poder más: quizá sea comprensible, pero no sé si lo podrías llegar a aceptar, del todo, si algún día nos hunden tanto que sea insoportable para nuestra pequeña familia. ¿Sabes?: muchos están diciendo que nos quieren liquidar; que somos “redundantes” los viejos: medio-arrumbados, cascarrabias, resabiados… Lo cierto es que yo me pasé años advirtiendo de que un coyuntura así habría de llegar: que estábamos condenados… Ahora parecen empeñados en desencadenar una “conflagración” inter-generacional: apuestan por los jóvenes, se diría. Son gente con fuerza e ilusiones (nosotros ya carecemos de ellas), pertrechados con habilidades más útiles -?- para la sociedad del conocimiento -?-. Se ha hablado tanto, en un estilo pos-verdad, de “la generación mejor preparada de nuestra historia”, que todo el mundo ya asume que así debe ser… En todo caso, y a pesar de mis escepticismos: esa generación, como cualquiera, debiera tener derecho a forjarse un futuro… ¡Pero no debiera ser la generación previa la que les impidiera el paso (en realidad, no somos nosotros: es nuestra metástasis la que lo hace; el lastre de los horrores que nos han esquilmado), sino la que les cediera, muy al contrario, su experiencia y todo el bagaje acumulado!: por desgracia, muchos deben creer que sólo con la ruina de unos se salva el relevo de los otros.

No tardarás mucho tú en ser la siguiente. Una vez más, debo pedirte perdón: por este legado ruinoso, desilusionado, improductivo… Es la responsabilidad colectiva la que aquí me pesa, no sé si lo entiendes… Es que siempre nos tortura la idea de no haber hecho todo lo posible; nunca lo suficiente. Me refiero tanto a lo personal como a esa responsabilidad, compartida, de una sociedad y de un país entero, que parecen desmoronarse. ¿No es éste el peor de los pecados?: legar la ruina a tus hijos.

Me conoces bien: tal vez como pocos hijos conocen a sus propios padres. No todas las sombras, por supuesto; pero al menos has tenido la oportunidad de vislumbrar algunos de sus recovecos. Por eso sabes que mis propios lastres heredados han trascendido el tiempo: que siguen pesando como el día en que surgieron, si no más… El causante de no pocos de éstos, tu abuelo -él mismo heredero de muchos otros: país destructivo y cruel con los suyos como pocos… ¡España!-, ya no podrá verme “triunfar” ni alcanzar la dignidad -creo que bien merecida- de una estabilidad y de una serenidad que yo nunca terminé de conocer (murió antes de verlo, como yo vaticiné en su momento). Él tampoco la conoció, por supuesto; pero, al menos, tuvo la opción de aceptarla; y la rechazó: el resultado, con los años, fue la ruina de nuestra familia. ¡Ya ves lo importante que es la “herencia”!… De ahí que mi obsesión sólo haya sido, ya en estos últimos años, otro tipo de “quiebra”: la de la predestinación a la que parecemos empujados, luchadores forzosos por la mera supervivencia. ¿Podremos librarnos de esta carga algún día?… ¿Respirar?… ¿Confiar?… ¿Desarrollar TODO nuestro potencial sin angustia ni precaridades?

Demasiado a menudo, lo contemplo todo como una utopía… Perdidas todas las esperanzas e ilusiones, como muy bien sabes (por descontado: a nivel profesional, ¡del todo!), ya sólo confío en que lo poco o lo mucho que me quede por ofrecer a esta vida, lo recojas tú y lo hagas germinar y crecer. No quisiera que te pesara demasiado esta responsabilidad: yo he hecho lo que he podido para aliviarte de tanta carga; lo seguiré intentando… Con suerte, algunos de mis alumnos -si es que me dejan seguir en esto- podrán recibir algunas de mis migajas: escasas, pero siempre honestas. Sé que algunos aún las aprecian.

Eres tú toda mi fuerza.

 

Mi nombre es Carlos, y soy interino

•febrero 9, 2018 • Dejar un comentario

Llevo mucho tiempo ya desconectado, y me pregunto por qué. A veces, cuando pienso en volver a escribir, manifestar, exponer, opinar, clamar, denunciar, rogar, ahogar, desahogar, purgar, reflexionar… caigo en la cuenta de que casi todos los verbos son de la Primera Conjugación. ¡Pero no, no es broma!… Lo cierto es que esta tarea, más o menos autoimpuesta (resulta obligatorio un ulterior despiece -¡despiezar!- de este asunto: de mi “dependencia”, por así decirlo; más adelante), me invita a probar el alcohol, o algo más fuerte. No es que vaya a ser así necesariamente, no; pero tampoco lo descarto por otro motivo que no sea el de preservar mi propia lucidez.

Lucidez y serenidad: muy necesarias… Para todo en la vida, por descontado; pero aún más imprescindibles cuando alguna vida serpentéa por las rutas inciertas de la precariedad agradecida; por muy “estable” y cierta que ésta sea… ¡Ahora lo recuerdo!: puede que, a lo largo de estos siete años de confirmación de todos mis augurios, haya recibido numerosas “prescripciones facultativas” que me recomendaban reposo y serenidad: cierta clase de auto-engaño o indiferencia ante este estado de dependencia… “Mi nombre es Carlos, y soy interino”.

Una especie de vergüenza o baldón, ¿no es así?… A esta dependencia, se debe aclarar, no se llega por propia decisión, por frivolidad o debilidad de carácter: se trata de una situación anti-natura y exógena, que en nada depende de -ni es proporcional a- el esfuerzo, el mérito o los “pecados” de los aspirantes… Como no lo es, tampoco, la familia que nos toca en suerte; o si padecemos una enfermedad grave; o si sufrimos un accidente de carretera; o si nos deslizamos por una sima en una excursión de montaña… Esto de ser o no ser, de que te caiga el tiesto en la cabeza o el “gordo”, es una cuestión metafísica, de la que no sé si reirme o llorar ante ella.

Los más sensatos y avezados opinarán que este precioso tiempo de desvarío lo debiera dedicar el aspirante a sufrir más ante el Temario, ya que es el sufrimiento lo que nos aboca a cierta suerte de dignidad -¿útil?- y excelencia: al mérito y al reconocimiento final. Disiento, por descontado; y así lo hago, ¡porque lo siento!… O lo he sentido, más bien: a lo largo de un mínimo de siete años. Con total nitidez.

Estarán de acuerdo conmigo en que es anti-natura obtener peores resultados cada vez que uno se presenta a una prueba, rutinaria, recurrente y obsesiva: peores, cuanto más experiencia y esfuerzos dedicados al estudio y a la práctica de una profesión. Admitamos que es un sorteo, pues, y ahorremos así a la sociedad este dispendio y tantos traumas: con esta sencilla medida de desistimiento (¡y reconocimiento!), las arcas públicas se sentirían muy agradecidas. No sé si es ésta mi primera idea constructiva de la jornada. 

¿A qué me lleva esto?… No lo sé: a no dedicar ni un segundo más de mi única, preciosa vida a esta piedra de Sísifo -mi viejo “apodo”-, tortura absurda e inútil. ¡Por ejemplo!… Pero me dedico a ello; vivo de ello… Los más maliciosos pensarán -ninguno ha tenido la valentía de decírmelo de forma abierta y a la cara- que, como todos los que compartimos este estado de dependencia pagada, subvencionada, deberíamos sentirnos exultantes y agradecidos: ejercer felices esta profesión nuestra de funcionarios “síperono”, contentos dentro de los límites de nuestras capacidades taradas, insuficientes, y aceptar el sino; ya sea éste o no.

Hoy se han convocado otras oposiciones en Cantabria. En las Comunidades vecinas, mis colegas de asignatura aplauden con las orejas: por cierto… Agravante de ello es la ausencia, en la región más débil y precaria del norte de España (hay que referirse a ello de alguna forma), de todo centro de formación superior artística o cultural. Las prioridades, por supuesto, quedan claras: teniendo la potencia y peso específico en tecnología, turismo, infraestructuras e industria pesada que Cantabria ha llegado a acumular, es lógico que esta región no dedique más de lo imprescindible a algo tan accesorio: ¡Arte y Cultura!

Parece que sólo tengo palabras para los que, con éstas nuevas mías, renovarán motivos para despr… descartarme. Lo cierto es que algunos podrán sentir, de forma genuina y sincera, lo contrario. Pero de nada servirá su aprecio; excepto para que yo lo valore y lo agradezca: este sistema endiablado, injusto, ineficaz, inhumano, desquiciado, demoledor, aleatorio y estúpido resistirá; y nos sobrevivirá a todos. Vivimos en un país que -lo sabemos bien- persevera en sus errores; no sé si heróicamente, pero sin duda lo hace. Desagradecido y letal con los suyos como pocos, con los más leales.

Si me contradigo; si dedico más de un segundo a este despropósito, ¡POR OCTAVA VEZ, EN CASI VEINTE AÑOS!, será por un sentimiento de acoso y de derribo; por imperativo legal; por mi hija… Y en un muy relegado y solitario lugar de la lista, cuento con mi dignidad y mi amor propio: desangelados, desasistidos, desvencijados, desautorizados, desactivados, desilusionados… humillados y asqueados.

¡Suerte!

¿Qué hemos hecho los españoles (privados de “hecho diferencial”) para merecer esto?

•noviembre 5, 2017 • Dejar un comentario

Días atrás, en silencio, editaba un grito: éste. ¡Un grito en silencio!No es sólo una paradoja mediocre: es la expresión más precisa que se me ocurre para describir tantas décadas de “trágalas”. Es pudor, hastío (lo deja claro ese título); es una especie de resignación envenenada, que intuyo peligrosa: un pequeño monstruo, que los que nos desprecian -o que, como mínimo, nos tratan con condescendencia- han querido hacerme crecer dentro: adoran crear coartadas, búmerans de auto-justificación, y no les importa dedicar décadas y generaciones enteras a tan victimista y paciente tarea. En ello, poco les distingue de otros (¡incluso más letales!), que hasta tienen a un Dios de su parte: puede que sea por esto que se crean tan seguros con ese otro monstruo alienígena en su seno; un porcentaje suicida de su población entregado a OTRA causa… ¡No saben a qué se enfrentan, estúpidos!

No importa… Si lo habéis leído ya, tal vez me acuséis -¡una vez más!- de críptico. Los buenos lectores acaso hayan captado la idea esencial: hablo de evidencias, de agravios y de decepciones irreversibles. Creo que, lo que sigue, expresa con total nitidez las consecuencias del lastre de tanto oprobio: uno que nadie reconoce y que, por tanto, nadie cree que deba repararse: como si el deber de muchos españoles sea el de contentarse con ser siervos de otros pocos… ¿No es como si perviviera entre estos liberales una convicción, una esencia feudal, de superioridad supremacista, a la que su nobleza les obliga?… ¿Deberíamos los siervos habernos sentido honrados de servirlos a ellos?… ¿No es su reclamación de independencia la expresión de una legítima desilusión ante la deslealtad e ingratitud del siervo, que ya no parece aceptar serlo? (no de buen grado, al menos)… Muchas preguntas: todas parecidas.

Me sorprende que, lo que para mí lleva siendo una evidencia desde hace décadas, de repente se muestre y difunda -un poco tarde, me temo- como si de una certeza, vergonzantemente ignorada, se tratase.

“¡¿Qué han hecho España y los españoles para merecer esto?!”, se preguntarán muchos… Hoy, por ejemplo, hemos soltado entre todos -¡la retórica sobre “lealtad” y “reciprocidad”, bastante insultante, sobraba, Montoro!– unos pocos de millones más a los más necesitados: al muy oprimido pueblo de los “euzkos”, gente menesterosa y desdichada donde la haya, por todos es sabido. Precisan, los pobres, ese “plus” para pagar a Iberdrola la factura del consumo de megakilovatios en sus autopistas, que son las únicas del “estado español” (junto a las navarras, supongo) que permanecen, y han permanecido, plenamente iluminadas durante la noche eterna (para nosotros, no para ellos) de los recortes y la precariedad: si alguien se la ha de jugar conduciendo, ¡que no sean ellos, faltaba más!; o para seguir promocionando su apenas jaleada gastronomía, junto a sus escuelas de internacional y muy sajón nombre (¡ehpañó caca!); o para sostener los mejores festivales del mundo de lo que se tercie; o para pagar a sus gudaris casi mil euros más que a la escoria “paramilitar” españolaza; o para pagar más que nadie a sus funcionarios, en general, y al resto de sus empleados, por descontado… ¡En fin!: para mantener -y hasta ampliar- la distancia con la chusma rastrera del resto del “estado”, no sea que nos creamos algún día iguales que ellos, y empecemos a reivindicar con la contundencia que suexcencias saben manejar con tanta eficiencia: ¡será por tecnología y ciencia, otra cosa en la que mil vueltas nos dan, como en todo, a los decadentes españoles!

No es broma: el dispendio, el lujazo, la cesión, la privación, la humillación de hoy, como tantas, no acabarán con la sangría, ni “comprará” su respeto: al contrario, inflará su condescendencia o desprecio, y les convencerá de que nos merecemos ser atracados y menoscabados.

Sea como sea… ¡me pregunto si se ha hecho algo, realmente, para merecer esto!: y no es una pose cínica; no en este preciso instante… Me pregunto si la España que se deja hacer esto, de forma sistemática y en modo “crescendo”, se ha ganado a pulso la chulería y la arrogancia de los más acomodados, amparados en sus “hechos diferenciales”, si no en sus santos kojones…”.

Debo añadir: esto no ha hecho más que empezar. Es difícil afrontar lo que se espera desde una posición de siervo, de “culpable”, de “cornudo apaleado”, de “puta que paga la cama”… de débil invisible, con lastres de Pecados Originales ignominiosos: opresor, reaccionario, imperialista, españolista, fascista… Si ya han leído la anterior entrada: todas ellas, palabras de MIERDA (¡que no se nos calle con ellas!).

Me queda desear que estas palabras mías (¡como tantas otras!) no supongan nunca una amenaza, una espada de Damocles: una declaración política intolerable para algunos, que sienten la tentación de mantener a miles o millones de bocas cerradas: no con su mierda caliginosa, sino con sangre. Si ese día se consiente y llega, habremos vuelto a lo que, en realidad, tantos añoran.

Escatología y lírica (y hastío)

•octubre 27, 2017 • Dejar un comentario

Acabo de escuchar, prácticamente en directo, a un “charnego” puro (calculado por él mismo: 99% andaluz, 1% gallego), hombre de estudios, viajado, de mundo; y que se ufanaba de dominar cuatro idiomas… Asumo que dos de éstos eran el español y el catalán. Daba a entender con ello que su visión de la realidad era diáfana, armada con criterios firmes, cabales, y a salvo de tergiversaciones (o “tragiversaciones”, como decía una “compatriota” suya: sumen a la LOGSE los efectos demoledores de la “inmersió”). Todo ocurría en la Plaza de San Jaime de Barcelona, casi al final de la “selebrasió” por los fastos de la diada histórica. Aseguraba el muy oprimido ex-español, al que le nacieron en Cataluña (Franco mediante: “¡Gracias por el I.N.I., Quico!”), que él conocía muy bien al “estado español” y sus gentes, y que había llegado a la muy cabal y firme convicción de que no somos de su agrado. Deduzco que él cree estar en otra “dimensión” o nivel: por descontado, se tratará de algo muy superior y satisfactorio.

Al hilo de tan ilustrada chulería y jactancia, se me ocurre cómo puedo pedir yo la “baja” de este tinglado fallido y decepcionante (llevo años ya describiendo -aún diría más: ¡”sangrando”!- los motivos por los que un servidor, un cántabro, un español tiene MÁS derecho y más motivos de queja que todos los “nacionatas” juntos… ¡Pero ellos son un “lobby” muy mimadito!)… Me da por preguntarme cómo puedo prescindir de lo que me define, me constituye y ata: mi esencia y mi “entidad cultural y jurídica”… ¡¡Cómo despojarme de mis condiciones de mí mismo “sine qua non”!!… ¿Cómo ser desleal y traidor y caer, finalmente, sobre un lecho de plumas, cargado de razones y pertrechado de desprecio y arrogancia impunes?

Dejo de hacerme estas preguntas, u otras parecidas, porque no les encuentro respuesta: no, al menos, ninguna sensata… Cansancio y hastío.

Lo que transcribo a continuación ya tiene unos días. No me decidí a publicarlo en su momento: imagino que no lo acababa de ver suficientemente “contextualizado”. A lo largo de estos días atrás el “contexto” se ha ido adecuando a estas palabras mucho más: quizá a la perfección, incluso… ¡Escatología y lírica!

 

´Pensaba el otro día en elaborar una lista: ¿de problemas reales y sin resolver; huérfanos, además, de voluntarios para intentarlo?; ¿de agravios?; ¿de arrogancia e impertinencias, y de nuestro estoicismo por respuesta?… ¿De preguntas en silencio y de paciencia?… Pensaba, tal vez, en la esperanza –cuando aún quedaba- de ver llegar alguna vez nuestro turno, nuestra dignidad, honrada y satisfecha: nuestro reconocimiento. ¡Ser mostrados, siquiera!

Lo cierto es que llevo años hablando o escribiendo sobre lo mismo: las raíces profundas del desánimo y de la derrota. ¿Definimos derrota?: en infinitivo, derrotar(se), es rendir(se)… MI rendición es -o ha sido- un fenómeno difundido, difuso y blando: sospecho que muchos podrán decir lo mismo, comunidades completas de aparentes sumisos, reblandecidos y derrotados… En realidad, se ha paliado el descontento, difuso y blando, con una pantalla de circunstancias apenas tolerables: no lo bastante catastróficas como para justificar una revuelta (en Cantabria, sin ir más lejos); pero tampoco lo bastante dinámicas e innovadoras como para dejar de mirar de soslayo a los más ufanos gigantes que se levantaban a nuestro lado, mirándonos éstos por encima del hombro (desde el este de Cantabria, sin ir más lejos).

Sea como sea, los éxitos -de haberlos habido- son parciales, personales, carísimos, sin subvención, provisionales, condicionados, sin presupuesto, sin el amparo de una “tribu de prestigio”, sin reconocimiento, sin brillo… ¡Con franqueza!: de ésos que ayudan a sobrevivir, pero no a pensar en pegar zancadas más allá de esta mera y gris supervivencia.

En todo caso, sospecho que los problemas reales son tan terribles e irresolubles que nadie se atreve, siquiera, a mencionarlos: no digamos, a tratar de resolverlos. Cataluña, al lado de esto, es una broma: ¡apenas un síntoma! Me sorprende que nadie le esté dando a esta catástrofe la importancia, alarmada y angustiosa, que se merece.

Se ha preferido hablar de “identidad”, de “opresión”, de “humillaciones” y de “compensaciones”… ¡Siempre de los mismos, claro!… El reparto de su mierda ha sido tan masivo que puede que fuera su densidad la que nos tapaba a la mayoría las bocas, enmudecidas por montañas de plastas de amenaza, de miedo, de chantaje y culpa… ¡toneladas de esa maldita mala conciencia, plasta de mierda inducida por los cobardes que nos gobiernan!

Pero, al hablar de su mierda, me acucia un leve prurito de empatía, y me pregunto: ¿hasta qué punto no he participado yo mismo, al compás de un colectivo opresor, del gigantesco fomento de un agravio al otro, al “distinto”; al mejor, incluso: obligada esta élite diferencial, profesionales de la ofensa, al florecimiento del odio, al florecimiento de la MIERDA?… (a su pesar, huelga decirlo: ¡pobres víctimas!).

Así pues, tenemos a un muy concienciado pueblo enmierdado, ofendido, que no aguanta más; y se empeñan los héroes, por tanto, en repartir e impartir, entre convenientes y masivas raciones de mierda, la justicia debida: ¡nos la merecemos!… ¿Nos lo merecemos?

¿¡Justicia!?… Aquí se agotan, de repente, mi empatía y mi comprensión: me pregunto por qué MI mierda, MIS preocupaciones, MIS agravios, MIS precariedades, MIS frustraciones son menos importantes que las de ellos: una pregunta que es sencilla y que es sensata (a nadie le interesa responderla).

Tal vez se crea que su número, su “relevancia”, su concienciación y su largo empeño histórico les conceden una urgencia en la escala de valores; y prioridad, así pues, sobre el curso de la Gran Historia: me veo forzado a cederles el paso a su masa vociferante y cargada de razones. Bajo el peso de mi mentalidad de siervo, lo hago.

¿¡Razones!?… Se expresan mejor con desdén y hostilidad: lo de menos son su certeza, su rectitud y su sensatez; lo de más, la propia carga, su masa, su volumen: su carga y descarga: su VIOLENCIA. Y, si está cargada de mierda, tanto mejor… ¡Abrid esas bocas, pueblos ibéricos de segunda!´

Se lo dedico a los que se han tomado la molestia de bucear en ello y de entenderlo.